Si tú remas, yo remo, mierdaputa.

No es solidaridad. No es amor. Es la simetría perversa de quien ya no sabe dónde terminan sus dedos y dónde empiezan los tuyos. Es la adicción disfrazada de compañía, el veneno que se vuelve ritual compartido.

Cuando alzas el cigarrillo, no veo tabaco. Veo un puente que une nuestras bocas, un pacto tácito de autodestrucción a dúo. Cada calada es un “estoy aquí”, un “no te dejaré caer solo”, un “si te hundes, me hundo contigo”. Y qué bonito suena, qué romántico, entregar los pulmones a cambio de no sentirnos solos en el naufragio.

Remamos. Sí. Remamos en esta barca podrida, tú en un extremo, yo en el otro, avanzando hacia ninguna parte mientras cantamos nuestra canción de guerra: “mierdaputa”. Y qué bien nos queda el insulto. Qué bien nos sienta la crudeza, como si al hablar sucio pudiéramos limpiar la porquería que nos une.

Pero en la noche, cuando tu respiración se vuelve un serrucho y la mía lo acompaña en eco, lo entendemos: esto no es lealtad. Esto es miedo. Miedo a sanar si el otro sigue enfermo. Miedo a vivir si el otro elige morir. Miedo a ser el traidor que abandona el barco cuando la tormenta arrecia.

Así que sigue. Saca otro. Enciéndelo. Yo haré lo mismo. Porque es más fácil prender esta mierda que prender la conversación que nos salvaría. Es más fácil repartir cáncer que repartir la culpa.

Si tú fumas, yo fumo. No por ti. Por la puta costumbre. Por el miedo a quedarme en silencio. Por el terror de descubrir que, si dejamos de remar, quizás el barco no se hunda. Quizás flote.

Lo quiero