Lo siento.
No tengo excusas que suenen bien. Las que preparé durante estos días —tan pulidas, tan razones— se han deshecho como azúcar en el café al verte. Solo queda esto: la rendición.
Volví por el silencio. Por ese hueco que dejó la costumbre en las mañanas, entre el despertador y la ducha, donde antes habitaba nuestro ritual. Por la forma en que mis dedos buscaban algo que sostener mientras hervía el agua y cómo, sin eso, las manos se me quedaban vacías, inciertas, como pájaros sin nido.
Volví por la falsa paz. Porque es más fácil encender un cigarrillo que encender el valor para mirarme a los ojos en el espejo cada mañana. Porque la nicotina es una amarga que calma la ansiedad que ella misma crea, un abrazo de un enemigo conocido que me dice, mintiendo, que todo está bien cuando nada lo está.
Pero sobre todo, volví porque te extrañaba. A ti. No al humo, ni al ardor en la garganta, ni al sabor a ceniza. Te extrañaba a ti, viejo cómplice de mis derrotas y mis triunfos minúsculos. A ti, que fuiste testigo de mis madrugadas de trabajo, de mis crisis silenciosas, de esas ideas que solo surgían entre calada y calada. Era a ti a quien echaba de menos, no al veneno.
Y en eso, quizás, estaba mi error más grande: haberte convertido en un aliado. Haberte confundido con un amigo, cuando eras el lobo que cuidaba el rebaño.
Así que aquí estoy. De vuelta. No orgulloso, no fuerte, no renovado. Simplemente aquí. Con la ceniza cayéndose sola del lápiz, con el sabor amargo de la derrota dulcificado por tu familiaridad tóxica.
Lo siento. Conmigo. Con mis pulmones. Con la confianza que rompí. Contigo, también, aunque no tengas oídos para escucharlo.
Porque volver a ti no es un triunfo. Es la prueba de que algunas batallas se libran toda la vida. Y hoy, perdí esta. Pero mañana…