Más pronto que tarde. Ojalá nunca.

No quiero que seas el que escuche el pronóstico en un tono plano de médico, las palabras “avanzado”, “irreversible”, “paliativo” cayendo como losas sobre tu nombre. No quiero que seas la estadística fría, el caso número tres de la mañana en la consulta de oncología.

No quiero que seas el que conozca el significado verdadero de la palabra “disnea”, ese ahogo que no es metáfora, sino una losa de cemento sobre el pecho que se hace más pesada con cada noche. El que aprenda que el dolor no es un sustantivo, sino un verbo que te quema por dentro, lento y constante, hasta que el miedo a la siguiente dosis de morfina es mayor que el miedo a la muerte misma.

No quiero que seas el que se desintegre ante mis ojos. El que pase de reírte a full con una birra en la mano a no tener fuerzas ni para empujar el botón de la bomba de analgesia. El que cambie la camiseta de nuestro equipo por una bata de hospital, la piel pegada a los huesos, el brillo en tus ojos apagado por el cansancio de agonizar.

Colega, tampoco quiero ser yo.

No quiero convertirme en ese amigo que llega con flores baratas y una sonrisa falsa, mientras mis ojos traicionan el pánico al ver cómo los tubos te atraviesan y las máquinas parpadean monitoreando tu despedida. No quiero aprender a descifrar en una gráfica el descenso imparable de tus números vitales, ni tener que inventar conversaciones triviales mientras por la ventana se cuela un sol que a ti ya no te calienta. Cada visita sería un ensayo de tu funeral, un adiós en cámara lenta donde mi sonrisa se agrieta y tu mirada me suplica en silencio que esto termine pronto.

No quiero que mi último recuerdo de ti sea una losa fría con tu nombre grabado, un pedazo de mármol donde antes estaba tu sonrisa. No quiero aprender el camino hasta tu tumba como quien aprende una ruta de derrota, ni tener que hablar contigo a través de la tierra.

Y no quiero, sobre todo, ser yo el que tenga que recordarte.

Lo quiero